Vientos de cambio

24 Nov, 2015 | Haga un Comentario

Por: Alejandro Fierro

Soplan vientos de cambio en Latinoamérica. Así lo aseguran analistas, politólogos y opinadores de todo tipo y lo difunden masivamente los medios de comunicación hegemónicos, tanto los del subcontinente como los del resto del mundo. Este nuevo viento del cambio no soplaría esta vez hacia la izquierda y abajo, en dirección a las clases populares, como viene ocurriendo desde comienzos del siglo, sino hacia la derecha y arriba, justo donde anidan las elites económico-políticas.

Por supuesto, en ningún momento se explicita que se trata de un giro hacia presupuestos capitalistas en su versión neoliberal más exacerbada. Las terminales mediáticas aluden simplemente a la inminencia de un cambio que conllevaría el final de los procesos de emancipación surgidos en los últimos años. Estos modelos, continúa el relato, están ya agotados.

La crisis mundial ha evidenciado sus debilidades estructurales. La expansión de la economía internacional en la primera década del siglo XXI, con una fuerte demanda de materias primas y petróleo a precios altos, permitió sostener la ilusión de que era posible conjugar crecimiento, redistribución y profundización democrática.

Ha bastado la contracción de la actividad de potencias emergentes como China o India para mostrar las carencias de unos sistemas a los que invariablemente califican como populistas. El resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales argentinas así lo demuestra, señalan los apologetas del cambio. Las elecciones legislativas venezolanas rubricarán el giro, vaticinan en un intento de profecía autocumplida.

Estamos ante el enésimo intento de una restauración conservadora en Latinoamérica. Así lleva ocurriendo desde hace doscientos años. A cada movimiento democratizador de raíz netamente popular le ha seguido la reacción conservadora. La alianza entre las élites locales y los grandes poderes internacionales no ha dudado en utilizar todos los métodos a su alcance para mantener su dominio: golpes de estado, guerras, bloqueos económicos, paramilitarismo, desestabilización…

Ahora, en pleno 2015, el objetivo sigue siendo el mismo pero las formas son distintas. La asonada militar ya no es el método más adecuado en un contexto de formalismo democrático que exige, al menos sobre el papel, el respeto de ciertos protocolos (si bien nunca hay que descartar el recurso al golpe, en especial en países con una institucionalidad débil). La estrategia pasa ahora por la combinación del estrangulamiento político y económico junto con la fabricación de un liderazgo político diseñado específicamente para el momento electoral.

Este último punto, el de la conformación de un candidato creado únicamente para ganar, es fundamental. Tanto su imagen como su discurso están enfocados a convencer a las masas de votantes. Y para ello se oculta todo aquello que pueda generar cualquier mínimo rechazo o animadversión entre un electorado cuyas expectativas han variado sustancialmente en estos años, en especial en aquellos países con procesos de emancipación más avanzados.

De esta forma, el perfil de las nuevas candidaturas tiene que privilegiar la juventud y la modernidad, para proyectar una imagen diferenciada de las viejas políticas que antaño devastaron Latinoamérica y, a la vez, distanciarse de los modelos a los que tratan de combatir. La única alternativa que se propone es el cambio por sí mismo.

La ausencia de propuestas concretas se diluye en una especie de cóctel emocional y simbólico compuesto principalmente por conceptos gelatinosos como el progreso, la excelencia, el trabajo o el desarrollo. Se trata, en definitiva, de dibujar la visión de un futuro mejor que el presente actual –caracterizado genéricamente como apocalíptico sin ningún tipo de matiz ni de contextualización- al que el pueblo llegará de la mano de ese nuevo liderazgo. Lo que no se dice es cómo se llegará a ese porvenir esplendoroso. El cambio por el cambio es la única respuesta.

Obviamente, no se propone nada porque no hay nada nuevo que proponer. La fachada encubre el tradicional recetario neoliberal: recortes en la inversión social, privatizaciones, desmantelamiento de lo público, subordinación de la economía a los intereses del capital, financiarización extrema… Nada cuyos efectos devastadores no se conozcan en todos y cada unos de los países de Latinoamérica.

Hay quienes sostienen que, en caso de volver al poder, las oligarquías y las transnacionales capitalistas no podrán actuar con la radicalidad a la que estaban acostumbrados en otros tiempos. Argumentan que el grado de conciencia y de organización popular alcanzado en estos años impedirá la aplicación generalizada de su ideario más extremo. Las resistencias serían extremas y, en último término, les supondría la derrota en las siguientes elecciones.

Creo que se trata de una opinión bienintencionada pero profundamente errónea. Tanto en lo militar como en lo económico, el neoliberalismo ha puesto en práctica la doctrina del shock nada más llegar al poder, como bien explica la periodista canadiense Naomi Klein. En el ámbito económico se impone de golpe todo un paquete de medidas cuyos efectos dejan a la población, siguiendo el símil que propone Klein, en estado de shock y a las fuerzas de izquierda, debilitadas por la derrota ya haya sido en elecciones o por medios militares, sin capacidad de maniobra. Con las resistencias vencidas, el neoliberalismo comienza un nuevo ciclo hegemónico.

La Europa del Sur es el capítulo más reciente. La crisis ha sido la excusa para que los gobiernos neoliberales –indistintamente en su versión conservadora o social-liberal- aplicaran con toda severidad la doctrina del shock. Las manifestaciones populares no consiguieron revertir la situación. Tampoco los partidos rupturistas-reformistas (Syriza en Grecia; Podemos en España). Al principio del proceso, muchas voces decían que era imposible que en el Viejo Continente se emplearan las mismas recetas neoliberales que habían arrasado buena parte del mundo en los años 80. Se aludía a una supuesta fortaleza de los derechos adquiridos no exenta de elevadas dosis de eurocentrismo (“no podrán hacer en el Primer Mundo lo mismo que en el Tercer Mundo”). Ocho años después, el capitalismo ha devorado esos derechos imaginados como inamovibles sin pagar coste político alguno.

A la luz de todos estos ejemplos, tanto a un lado como el otro del Océano Atlántico, y ante la proximidad de citas electorales absolutamente fundamentales, quizás sea buen momento para recordar la clarividencia de Chávez, quien nos advertía siempre, en vísperas de cada elección, aquello de “nos estamos jugando la vida”.

Autor: Alejandro Fierro (Especialista en Comunicación Política y Electoral)

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