Solo sabemos que no sabemos

24 Jun, 2015 | Haga un Comentario

Por: Clodovaldo Hernández

Hay pocos puntos de coincidencia entre revolucionarios y opositores, pero hoy tal vez el más notable de ellos sea la incertidumbre acerca del rumbo que lleva su opción política. Es decir, los chavistas no saben hacia dónde marcha el proceso -si es que marcha hacia algún lado- y los antichavistas no saben cuál es la ruta alternativa, más allá de salir de la actual.

Tal vez sean ideas mías, pero esto puede comprobarse en conversaciones cotidianas en la intimidad del hogar, en el trabajo, en el lugar de estudio, en salas de espera, en vagones de metro y autobuses, en la barra de una tasca, en las colas del supermercado o la farmacia (¡uf!) y, por supuesto, en las redes sociales. Más allá de los fuegos fatuos de la polarización, casi todo el mundo termina confiándole sus dudas a algún amigo. Los chavistas concuerdan en que la dirección revolucionaria por “los hijos de Chávez” es considerablemente errática, tirando a veces a lo disparatada. Los opositores, por su lado, en esos momentos de sinceridad, se declaran huérfanos de liderazgo, hablan pestes de la MUD y deploran el estar en el aprieto de decidir entre un insípido señor que ejerce su liderazgo por Twitter y una banda de desquiciados, hambrientos de poder.

La interpretación del legado

La crisis en el chavismo es natural, era de esperarse y más bien hay que calificarla de benévola. Un movimiento político tan dependiente de un liderazgo, que se ve de pronto sin su cabeza hubiese podido incluso colapsar con la muerte del comandante Chávez. No lo hizo, en buena medida, porque el propio líder dejó clara la hoja de ruta, pero es obvio que dentro sigue habiendo una procesión. Y no se trata tanto de las rivalidades entre herederos (ese es otro asunto) sino de las diferencias de enfoque en torno a lo que es “el legado de Chávez” y, en términos menos abstractos, acerca del enigma de, ¿qué haría Chávez en esta circunstancia específica, aquí y ahora?

Casos como el del manejo de las relaciones con Estados Unidos luego del decreto intervencionista de Obama (y, más recientemente, del encuentro de Diosdado Cabello con Thomas Shannon), ponen de relieve estas discrepancias, pero es evidente que las angustias existenciales del chavista promedio son permanentes y se asocian con un sentimiento de duelo que no se extingue, sino que tiende a agudizarse.

Viendo el lado positivo, la confrontación interna alrededor de este tema es bastante ideológica, como deberían ser las discusiones políticas. Viendo el lado negativo de ese lado positivo, ese diálogo solo se escenifica en los espacios subacuáticos del espectro comunicacional, mientras en los grandes medios públicos el debate se plantea en forma unilateral y exclusivamente con (o, mejor dicho, contra) la oposición golpista y la burguesía parasitaria. ¿O serán ideas mías?

¿Y dónde está el piloto opositor?

En el lado antichavista la sensación de no saber “para dónde va esto” (referida a la estrategia política para reconquistar el poder) tiene síntomas evidentes en el comportamiento colectivo. La gente no atiende llamados a guarimbear, pero tampoco a cacerolear ni a marchar pacíficamente, y la mayoría tampoco está interesada en participar en elecciones primarias. Es una conducta digna de análisis, sobre todo si se consideran los antecedentes de una masa que rozaba los límites de la histeria y escandalizaba por cualquier cosa -real o imaginaria- que hiciera el rrrrégimen.

¿Qué les pasa? La respuesta ha de estar bajo las siete llaves del secreto profesional de los psicólogos y psiquiatras. Sin posibilidades de acceso a esa valiosa información, solo nos quedan los arranques de franqueza referidos antes. El opositor común no ve una línea coherente, a pesar de la pregonada unidad. Por el contrario, nota que hay proyectos personales o grupales mutuamente excluyentes que sobrenadan en el hirviente caldo de la MUD y sus alrededores.

El opositor silvestre percibe a la coalición como una sociedad muy rara en la que conviven (o se soportan) políticos fracasados, traidores del chavismo, oportunistas recién llegados y renegados de la vieja izquierda violenta, entre otros especímenes espeluznantes. Pero, sobre todo, el antichavista honesto y preocupado por el futuro nacional percibe que su liderazgo está demasiado comprometido con factores muy cuestionables, como empresarios chupasangre, gobiernos extranjeros, lobbys guerreristas, ONG de dudoso origen y figurones políticos desprestigiados y descontinuados en sus propios países.

Además, la confianza del opositor raso en su dirigencia se ha erosionado por tantas fallidas promesas cortoplacistas (¿recuerdan? Chávez de que se va, se va; Ningún gobierno aguanta quince días de paro de Pdvsa; Maduro no dura seis meses; las municipales van a ser un plebiscito; con un mes de guarimba, esto está listo… ). Es lógico que haya un cansancio, un hastío, un no sé qué que anda por ahí en la calle… A menos, claro, que sean ideas mías.

clodoher@yahoo.com

@DifundeLaVerdad