Poesía mundial

21 Jun, 2015 | Haga un Comentario

Por: Roberto Hernández Montoya

Cuando descubro una obra poética me pasan varios portentos. Lo primero es que entro en una burbuja de universo hasta entonces desconocida. Como si por una calle habitual hallara otra que me lleva a un barrio desconocido, donde la gente camina y habla distinto y no se queja de los mismos dolores ni se goza en las mismas alegrías. Y me pregunto cómo pude andar cerca de esa calle y nunca la frecuenté.

La poesía abre espacios alternativos, grietas en el mundo consuetudinario, nuevos vértigos, nuevas legalidades del universo tal como lo hemos conocido. Entonces me digo «ah, el mundo también puede ser y nombrarse de este otro modo». Esa experiencia suele ser inquietante, alarmante o regocijante. O todo eso junto o nada de eso o mucho más. Es desconcertante que haya que redefinir conceptos como alegría, tristeza, ira o sentimientos desconocidos. Tal vez lo que entendemos por felicidad es otra cosa en el nuevo espacio que nos abre un nuevo poema o una nueva poética.

Leer poesía es, pues, un riesgo, porque el mundo que conocemos se nos puede derrumbar o tomar rumbos inesperados, sublimes, sórdidos, diabólicos, triviales, sabrosos, repugnantes. No se sabe, eso es lo inquietante, que al abrir un poemario no sabemos qué nos va a ocurrir. Podría transformarnos radicalmente, convertirnos en otra persona, con otros sentimientos, perspectivas, valores, odios, amores, indiferencias. O puede pasar que nos deje como si nada, que no nos pase nada, que es tal vez lo peor que puede pasarnos con la poesía. O lo mejor, quién sabe. Recordemos que el arte es largo y además no importa (Machado).

Poeta no tiene pudor. A veces me pasa con un poema como si estuviese en una casa ajena y abro una puerta y encuentro a alguien en una intimidad inesperada, incomprensible, embarazosa. Y no le importa. Se exhiben con una desnudez más radical que la que se obtiene quitándose la ropa, una desnudez ontológica, existencial, vital, trascendente, capital, de esas que no se revelan ni en la intimidad más inerme, ante el siquiatra, el abogado, la pareja, la amistad antigua. Me da pudor, embarazo, turbación. No me siento con derecho a enterarme de nada recóndito. Invaden mi recato.

Vivamos (o no) todo eso y más en este XII Festival Mundial de Poesía.

Hasta mañana.

Por: Roberto Hernández Montoya

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